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Harry Potter y las tetas de Mimi Rogers

 

Pórtico Luna

1. El otro día llegué a casa a las cinco de la madrugada, tras la clásica juerga sabatil, y en la tele ponían El Despertar de Sophie. Es ésta una película ciertamente abominable, acerca de una mujer de vida bastante alienante, que un buen día descubre a Jesucristo y se va volviendo progresivamente tarumba, hasta el punto de matar a su propia hija para que pueda llegar al cielo antes de que sobrevenga el apocalipsis (que por cierto, al final de la película acaba sobreviniendo). El único mérito que cabe atribuirle a El Despertar de Sophie es que Mimi Rogers enseña las tetas. Mimi Rogers tiene unas tetas enormes, algo caídas pero con prominentes pezones, en las que a uno le dan ganas de hundir la quijada y perder el mundo de vista. Como diría Tyler Durden en El Club de la Lucha, parecen las tetas de Dios.

2. Tengo justo enfrente de mi casa una sucursal de la iglesia de la cienciología. Se les ve majos, a los cienciólogos estos. Siempre hay un par o tres de ellos en el portal del local, fumando (debe ser que dentro no les dejan) y charlando relajadamente. Tienen una fama horrible gracias a los medios de comunicación, siempre tan imparciales y comedidos a la hora de juzgar lo que no conocen, pero lo cierto es que a mí jamás me han molestado. En tres años que llevo viviendo en el barrio, no me he encontrado un solo mailing en el buzón, ni me han parado nunca para comerme la olla (a pesar de que, al ser vecinos míos, tendrían una buena excusa). Los testigos de Jehová, aunque bastante más pesaditos, también son gente agradable. No conozco a ningún otro colectivo, de los muchos que trabajan puerta a puerta, que se tome mejor el hecho de que les ignores, les cierres la puerta en las narices o te chotees de ellos en su jeta (intenta hacerle eso a un vendedor del Círculo de Lectores, y verás la que se lía).

3. Los puntos 1 y 2 vienen a cuento porque, en los últimos tiempos, nuestras ciudades han sido tomadas por otra horda de sectarios mucho más brasas y antipáticos que los cienciólogos, los testigos de Jehová o los fanáticos católicos como Mimi Rogers en El Despertar de Sophie. Me refiero, por supuesto, a los fans de Harry Potter. Vale, quizás todavía no son una religión establecida, pero desde luego tienen algunas de sus principales características:

- Predican constantemente las excelencias de su credo, con la esperanza de convertir nuevos adeptos a la causa. Por mucho que te niegues, que les digas que no te interesa, ellos insisten. Son inasequibles al desaliento.

- Gozan del apoyo logístico de una organización de gran poder político y económico (los católicos tienen al Vaticano, ellos tienen a la Coca-Cola, que ha pagado el 90% de los gastos de la película)

- Cuentan con un dogma basado en una serie de escrituras sagradas (siete libros en total, aunque de momento la profeta del asunto, J. K. Rowling, sólo haya hecho públicos cuatro volúmenes), en las que se narra la vida y milagros de un personaje casto, puro y buenísimo, un "elegido" que llega precedido de extraños anunciamientos (lluvias de estrellas fugaces, bandadas de lechuzas volando a pleno día...), que es capaz de obrar prodigios (volar, mover objetos a distancia, y cosas así) y que se enfrenta a los siniestros poderes establecidos (en el nuevo testamento eran los romanos, aquí se trata de sus propios tíos adoptivos, y de algún que otro profesor cabroncete) y derrota a las fuerzas del mal.

4. Cuando un amigo me insiste en que me lea un libro, me lo tomo como una recomendación sincera, y generalmente acabo por hacerle caso. Cuando me lo recomiendan treinta, ya me parece una conspiración. Porque a Harry Potter, hijos míos, lo recomienda todo el mundo. Desde escritores de éxito como Stephen King, hasta sesudos críticos literarios que se la machacan con Proust o Joyce, e incluso personas sin el menor criterio, que lo único que leen a lo largo del año es el catálogo de IKEA, o lo último de Rosamunde Pilcher (que no sé qué es peor). Si a esto unimos que, desde el pasado mes de septiembre, tengo todos los escaparates de las librerías forrados con posters del puto gafotas de la bufanda, y a media docena de corporaciones martilleándome para que no me pierda el videojuego, los cromos, los chicles y la película (dirigida, no lo olvidemos, por el incapaz de Chris Columbus, autor de obras cinematográficas tan magnas como Solo en Casa, Nueve Meses o El Hombre Bicentenario), pues la verdad, antes de abrir la primera página del primer volumen ya estoy empachado del asunto.

5. Además, Harry Potter me cae gordo. Me parece un producto tan prefabricado y maniqueo como Pokémon (con el que tiene mucho que ver; mucho más de lo que a sus fans les gusta reconocer), pero además con una pátina "cultural" que me resulta extremadamente molesta. Estamos, una vez más, aborregando a los niños, obligándoles a todos a que formen parte del pensamiento único, igual que cuando los llevamos en tropel a ver la nueva película de Disney, como si no existiera nada más. Les estamos vendiendo que lo importante no es que lean, sino que lean lo que está de moda (ahora toca Harry Potter), aunque sólo sea para que no se sientan marginados en el colegio. Me ocurrió algo parecido cuando estrenaron Trainspotting en los cines. Tenía cierta curiosidad por verla, hasta que pocos días antes del estreno me cayó en las manos un flyer promocional, en el que anunciaban la película como paradigma de la modernidad y de estar en el rollo, con la siguiente frase "Si te gustó Marisol Rumbo a Río, no vengas a ver Trainspotting". Perfecto, gracias por el consejo. Efectivamente no fui. Y hasta hoy. Y tan pancho, oiga.

6. Decir que Harry Potter es bueno porque ha aficionado a los niños a la lectura es una barbaridad similar a decir que Pokémon es bueno porque enseña a los niños a ser más competitivos el día de mañana. Leer, de por sí, no es intrínsecamente bueno ni malo (de hecho, en muchos casos puede representar una pérdida de tiempo desesperante). Lo que hace "bueno" al ejercicio de leer es la calidad de lo que se lee. La calidad, no la cantidad de copias vendidas, ni el presupuesto invertido en hacer la película. El Mein Kampf es uno de los libros más vendidos del siglo XX, y no creo que a nadie se le ocurra hacer una edición infantil ¿No? Pues eso.

7."Una persona bien educada es aquella que siempre te habla de lo que te interesa" ¿Les suena esta máxima?. Bueno, pues al parecer los fans de Harry Potter la ignoran por completo. Todavía tengo que conocer a uno que no me haya insistido en afiliarme al club, hasta límites que sobrepasan lo razonable. Tengo a un amigo que, tras una tarde entera de calentarme la cabeza, y ante mis constantes negativas a leérmelo ¡me ha regalado el libro! (sí, es como hablar con una pared) ¿Que exagero? ¿Que soy un borde? Ahora imagínense que alguien les hace a ustedes lo mismo, con algún tocho que no les interese lo más mínimo, como La Regenta, las memorias de José María Aznar, o cualquier best-seller de esos que Noah Gordon escribe a peso, y estaremos en la misma onda.

8. Porque claro, vamos a ver, para leerme a Harry Potter ¿Qué libro de mi particular lista de espera se supone que debo eliminar? No, no se trata, ni mucho menos, de que yo tenga una lista de lecturas de corte muy elevado, y que no esté dispuesto a rebajarme a leer literatura infantil. No. Aquí tienen a uno sin la menor cultura literaria y que lee, simplemente, lo que le sale de las narices en cada momento. Yo no siento la más mínima obligación de cascarme ninguna presunta obra imprescindible. A mi me la traen al pairo lo mismo el Ulises de Joyce, que Moby Dick, que El Quijote. Actualmente ando repasando el primer tomo de El Señor de los Anillos, para que la película no me pille con los meados en el vientre, y mi lista de espera es más bien caótica. En ella figuran, entre otras, Alicia en el País de las Maravillas, Memorias de un Amante Sarnoso, La Delgada Línea Roja, Vivir Para Matar (una selección de biografías de asesinos en serie), Diarios de las Estrellas: Viajes, y El Almuerzo Desnudo (que es un ladrillo importante, pero al que le voy a dar una tercera oportunidad porque Burroughs me parecía un abuelete muy salado).

9. A mí, en esto de la lectura, el que me puso las pilas de verdad y me quitó todos los complejos fue Carl Sagan, el científico. En un capítulo de aquella maravilla de serie divulgativa que era Cosmos, salía paseando por una enorme biblioteca, mientras decía que, con suerte, una persona que viviese setenta años disponía de tiempo suficiente a lo largo de su vida para leerse un par de estantes de libros. O sea, hay que aprovechar el tiempo. Y yo no estoy para tonterías. Yo, lo que le pido a la literatura es que no me aburran, y que no me den gato por liebre. Por eso leo nada más lo que me apetece. Y Harry Potter, y créanme todos que ya lo siento, no me apetece en absoluto. A lo mejor resulta que dentro de unos años, cuando nadie se acuerde, me entra el gusanillo y me lo leo. Pero de momento no tengo las menores ganas de ponerme a la cola para comer el mismo rancho que le están dando a toda la borregada. Y no se preocupen por mí, hombre, que me moriré igual de feliz. Además, seguro que yo también me habré leído algún libro estupendo que ustedes se habrán perdido. Si es que además, precisamente de eso es de lo que va la cosa; de que en cinco mil años (o los que sean) hemos escrito los suficientes libros como para que cada cual pueda elegir los que prefiera ¿O no?

 

Chema Pamundi y su Yeti