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Miedo
y Asco en Sitges. (2ª parte) |
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Tras nuestra anterior aventura en el Festival de Cine de Sitges, decidimos volver a la carga para lo que solicitamos acreditaciones para dos días más de los que habíamos previsto inicialmente. Así que tras repetir todo el procedimiento, nos presentamos en el Auditori del Hotel Melià Gran Sitges el Miércoles siguiente. La primera proyección de la tarde empezaba a las 16:45 PM. El problema era que nosotros llegamos a las 16: 55. La proyección ya había empezado y las puertas de la sala estaban cerradas. Ya nos estabamos resignando a quedarnos colgados hasta la proyección de las 19:00 cuando, de improviso, nos topamos con un simpático integrante de la organización el festival que se ofreció a introducirnos en la sala por una entrada lateral. ¡Mil gracias, quienquiera que seas! Pues bien, como iba diciendo, la señorita Raquel M. y yo pudimos entrar en la sala justo cuando comenzaba la película. Sólo nos habíamos perdido el corto que la precedía. El film en concreto volvía a ser sueco (¡y ya iban dos!) y giraba entorno a las andanzas de un hombre de mediana edad que un día se despierta cubierto de sangre y empieza a sospechar que es sonámbulo y ha matado a su familia mientras dormía. El título, en un acceso de coherencia, era llanamente SLEEPWALKER (Algo así como SONÁMBULO), y su director era un tal Johannes Runeborg. Sin despedazar nada del argumento, os puedo advertir que es una cinta tramposa y que no consigue en toda la película que te importe un pimiento lo que le pasa a los personajes. Por lo menos Freddy Krueger tenía gracia en eso de matar en sueños. Así que finalizada la primera proyección, un breve respiro para estirar las piernas, y ¡hala, otra vez pa dentro! Esta vez se trataba de una película de terror japonesa, KAIRÖ de Kiyoshi Kurosawa (nada que ver con el fenecido Akira Kurosawa). La historia comienza con unos extraños suicidios contagiosos y unos mensajes de e-mail con muy mala leche y un poquitín inquietantes. Poco a poco vamos entendiendo que se trata de una plaga de fantasmas que amenaza con acabar con todos los vivos de la tierra. ¡Si, si. Reíros! ¡Pero vosotros no estabais allí! Lo confieso. Pasé miedo viendo la película. Y me encantó. Servidor, que ha crecido con el cine de terror más escandaloso que os podáis imaginar, está hecho a prueba de escalofríos. Pero si hay algo que todavía me puede arrancar un estremecimiento son las historias de fantasmas. En el caso de KAIRÖ, el resultado es espectacular, creando un ambiente cada vez más asfixiante. Y todo ello sin recurrir prácticamente a efecto especial alguno. Sólo con un hábil manejo de las luces y sombras, así como del sonido. Claro que, sobre gustos no hay nada escrito. Y si a mi me encantó la película, hubo a quien, como a la señorita Raquel M. le pareció irritantemente lenta e insubstancial. Yo lo achaco a una anormal carencia de terrores infantiles. Pero bueno, no soy psicólogo. Jueves, 11 de Octubre. Sin pretenderlo hemos topado con uno de los mitos de Sitges. El famoso restaurante Los Arcos (lo de famoso está contrastado; por desgracia no fuimos conscientes de esa fama hasta que fue demasiado tarde.) Esta vez decidimos ir a por todas y nos pegamos un buen madrugón para poder asistir al primer pase del día, a las 8: 30 AM. El pase consistía en la deprimente e irritante (a partes iguales) Ghost World, de Terry Zwigoff y basada en un comic de Daniel Clowes, conocido en España por su obra "Como guante de seda forjado en hierro" . Si exceptuamos el arranque de la película, con un número musical de una orquesta de rock indio de los sesenta, el resto del metraje se hace sencillamente insoportable. Los personajes son a cada cual más patéticos, pero sin concesión alguna al humor, sólo al llanto. La protagonista es una niñata que no sabe que hacer con su vida y que sin embargo se dedica a recriminarle a los demás el no ser lo bastante auténticos. En fin, mira que madrugar para esto. El siguiente plato del día fue el Fausto 5.0 de la Fura dels Baus. ¿Qué quieren que les diga? Todavía no sé que pensar. A ver, ni es una excentricidad surrealista ni una narración convencional. Tiene toques de la Fura perfectamente reconocibles como la gente colgando o los edificios forrados de papel o telas. Pero lo que más me gustó fueron los diálogos de Fernando de León, que sobretodo en el caso del peculiar Mefistófeles que es Santos (interpretado por un genial Eduard Fernández) consiguen insuflar vida a los personajes en medio de una artificiosidad inverosímil. Llegados al mediodía, mi compañera y yo decidimos ir al pueblo a comer algo antes de la proyección de la tarde. Pasamos por unos cuanto locales con toda la pinta de ser trampas para turistas, y claro, pese a que nosotros apenas conocíamos Sitges, no nos considerábamos turistas. Así que cuando vi un local modesto que ofrecía comidas caseras a preciso razonables, propuse comer allí. A lo que la señorita Raquel M. accedió. ¡Para que otra vez te fíes de mi criterio! Nos acomodaron en una mesa y nos ofrecieron la carta. Pedimos y fue entonces que nos empezamos a percatar de que estabamos prácticamente solos en todo el local y que este no era precisamente de categoría. Enseguida me asaltaron las primeras dudas. J.M.
de la Torre: - ¿Qué te parece? En esto llegaron los primeros platos ( ¡en un tiempo récord! ) y mis dudas desaparecieron. No cabía duda. Nos habíamos metido en un tugurio. Para quienes no hayan tenido la traumática experiencia de deglutir algo en Los Arcos, pasaré a continuación a describirles a qué nos enfrentamos aquel día de infausta memoria. De primero, mi compañera Raquel había pedido una ensalada de pasta. Lo que le sirvieron guardaba cierta similitud con una ensalada y , ciertamente, se utilizó harina de trigo cocida en algún momento de la elaboración. Pero ahí se acababan los parecidos razonables. La "pasta" presentaba un aspecto hinchado, debido a un exceso en el tiempo de cocción, sin duda; y reseco, signo inequívoco de una prolongada exposición al aire. Para mayor nausea, el plato contenía restos de pasta rotos y resecos, como si hubiesen rascado el fondo de la cacerola o ( perdón por meterte en ese sitio, amiga mía ) hubiesen rebañado las sobras de otro comensal. Para finalizar, la sirvieron aliñada con vinagre en vez de dejar el aliño al libre albedrío del cliente (lo que refuerza mis sospechas arriba expuestas). Pero yo no estaba en menores aprietos. Mi primer plato consistía en ... (¡glups!) mejillones a la marinera. Le concedo al cocinero que eran mejillones... lo de "a la marinera" ya es dudoso. Y tras probar el primero ... me arrepentí inmediatamente de lo que había pedido de segundo. Un mejillón de cartón no habría estado tan reseco. Si alguna vez hubo vida en el cuerpo de ese bivalvo, hacía tiempo que lo había abandonado. Lo que quedaba era la momia de un mejillón. Eso sí, perfectamente embalsamado en una salsa roja de gusto agridulce que exhudaba aceite en cantidades ingentes. En estos casos la mejor estrategia, (después de pedir el libro de reclamaciones, cosa que no hicimos por un exceso de vergüenza, ¡cómo nos podía pasar algo así a nosotros!) es destrozar la comida para que al menos no sientan la tentación de servir a otro incauto el plato que uno ha dejado intacto. Así que retiraron los primeros, ¡pero todavía quedaban los segundos! En el caso de la señorita Raquel M. se trataba de escalopas. Supongo que de ternera, pero eso sería aventurarse mucho. ¿Recuerdan aquella película de Chaplin en la que se comían una suela de zapato? Por mi parte, en una nueva demostración del arrojo y desprecio al peligro que me caracterizan, había pedido nada menos que salmón a la plancha. Repetimos la misma operación que con el primero, llegando Raquel a esconder los trozos de carne rebozada en un periódico. Pedimos la cuenta y salimos pitando de aquel sitio para comernos un bocadillo en un Pans & Company. Nada más servirnos, pregunté a la camarera tras la barra si por aquella zona pasaba muy a menudo sanidad. Mi única preocupación era el botulismo. La chica se quedó un poco sorprendida por la pregunta. J.M. : - No. No es por este local. Es que hemos comido en un sitio repugnante. LA chica empezó a reír y, girándose, le grito a su compañera de cocina: Camarera : - Oye, ¡Que han comido en Los Arcos! Entonces mi preocupación por el botulismo empezó a crecer hasta el punto que ya me empezaba a rascar la piel. Camarera:
- Pero si ahí no come nadie. Sólo va la gente a beber antes
de ir a las discos. ¿Y que habeis comido? En ese momento llegué a temer por mi vida. Por fortuna, mi metabolismo se sobrepuso a la nausea y no sufrí las consecuencias. Cosa que no puede decir Raquel, que se empezó a sentir súbitamente indispuesta en mitad de la proyección de la película de la tarde. Aunque no sé si sería justo echar toda la culpa a la comida. Quizá la película tuviera algo que ver. Se trataba de Address Unknow del coreano Kim Ki Duk , director de La Isla. Y la verdad es que fue un deprimente colofón para un día deprimente. Es una película dura, en la que ninguno de los personajes acaba bien y que destila miseria y tristeza por cada uno de los metros de celuloide. Deberían haber puesto una bandeja con una pistola al salir de la sala para que los espectadores pudiesen volarse la tapa de los sesos al final de la película. Y para ahondar el ambiente depresivo y melancólico, por ahí estaba el fantasma de los festivales pasados, que arrastraba sus cadenas y musitaba algo sobre David Lynch. Era, claro está, el recordado Alex Gorina (bueno, para ser exactos, se acuerdan, pero de sus progenitores). También pudimos ver por aquellos lares a los insignes críticos Jaume Figueras y Carlos Pumares, charlando amistosamente antes de la proyección para inmediatamente comenzada esta, sentarse cada uno en un extremo diferente de la sala. - Debe ser para no copiarse la crítica. - apuntó lucidamente Raquel. En
fin, un día completo. Se comprenderá que ya no nos quedasen
fuerzas para ir a las proyecciones de los días siguientes. Sin
embargo, prometemos volver el año que viene y realizar una cobertura
más exhaustiva para los lectores de Porticoluna. |