| Reportajes, informes, entrevistas... |
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Miedo
y Asco en Sitges |
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Un vistazo al periódico me dejaba con tres eventos para cubrir: la guerra (demasiado lejos, demasiado peligroso y demasiado sucio); la comisión de investigación de Gescartera (sólo demasiado lejos y demasiado sucio); y el Festival de Cine de Sitges (sólo demasiado sucio). Así que una vez sopesados los pros ( ¿? ) y los contras, me decidí por la tercera opción. Primero me puse en contacto con otros compañeros del portal para saber si estaban interesados en formar parte de la expedición y finalmente reunimos un grupo reducido pero selecto: lo formaban el señor Chema Pamundi y su yeti, en calidad de crítico de cine residente del portal Porticoluna.org; la señorita Raquel M., fotógrafa oficial de la expedición; y yo mismo, con funciones de lengua viperina y placador de seguratas del festival. Una vez confirmados el número y la identidad de los expedicionarios, el siguiente paso fue conseguir las acreditaciones para poder asistir a los pases, ruedas de prensa y sesiones de fotografía. Para ello recurrimos a un viejo truco siciliano y tras una serie de llamadas telefónicas y el envío de un fax conseguimos luz verde en un tiempo récord. El señor Pamundi sería nuestra avanzadilla. Sábado, 6 de Octubre. Aproximadamente a las 10:30 A.M. recibí una llamada del señor Pamundi buscando confirmación del procedimiento a seguir: A su llegada a Sitges, a bordo del tren de Cercanías desde Barcelona, el señor Pamundi y su yeti debían trasladarse desde la estación hasta el hotel Melià Gran Sitges. Una vez allí debía preguntar por la sala de prensa, presentarse allí e identificarse como enviado especial de Porticoluna. El servicio de acreditaciones debería contrastar su identidad mediante su D.N.I. y hacerle entrega de su acreditación personal. Hasta ahí la teoría. Esa misma mañana recibí una llamada de nuestro enviado especial, Chema Pamundi, comunicándome que a su llegada al festival, las acreditaciones no estaban listas debido a la sobrecarga de trabajo del personal de prensa. Telefoneé inmediatamente al festival y me aseguraron que no había ningún problema; que efectivamente, habían estado demasiado atareados y no habían podido hacer las acreditaciones, pero bastaban unos minutos para hacerlas. Sólo necesitaban comprobar la identidad del solicitante, que efectivamente se hubiese cursado la petición por fax, y rellenar una cartulina. Eso era todo. Ni siquiera necesitaban fotos. Le comuniqué a nuestro hombre que todo estaba solucionado y que a la mañana siguiente todo iría bien. El Domingo nos trasladaríamos el resto de la expedición. Domingo, 7 de Octubre. Al mediodía me encontré con la señorita M., nuestra fotógrafa oficial, en el punto y la hora convenidos. Dado que ella se encuentra más habituada que yo a desplazarse por los territorios del Sur, ejerció de guía de la expedición a lo largo del trayecto en tren y en nuestra incursión al interior de Sitges. Tras dar un pequeño rodeo, y habiendo parado antes para hacer un tentempié en un establecimiento cerca del paseo marítimo, llegamos al Hotel Melià Gran Sitges. Allí, en el Área de Prensa, nos atendió una joven con aire de no haber dormido sus horas: Chica ojerosa: - ¿Me enseñáis los carnets de identidad? Nosotros, por supuesto, se los enseñamos. Chica
ojerosa: - Pues no encuentro vuestras acreditaciones. ¿Las pedisteis
correctamente? En ese momento llega la chica ojerosa acompañada de una chica algo mayor y también con cara de haber visitado poco la almohada. Chica
ojerosa II: - ¿Pedisteis la acreditación por fax? Raquel y yo nos miramos estupefactos. J.
M.: - ¿Qué fotos? - dije cuando me repuse. - Ayer me dijisteis
que ni siquiera eran necesarias. Y el viernes no las mencionasteis entre
los requisitos. Raquel y yo nos miramos. Los dos a la vez: - Vale. Y empezaron a rellenar unas cartulinas con nuestros datos. Para más INRI, nos acreditaron como corresponsales de un tal PORTAL.COM, en vez de como enviados de Porticoluna.org. Aún conservo esa acreditación, como uno de esos sellos raros, que imprimieron con una errata y hoy es un objeto de coleccionista. Sé que es una esperanza loca que algún día pueda tener algún valor, pero viendo lo que subastan por ahí... Chica ojerosa: - Tomad vuestras acreditaciones. Y aquí tenéis el programa de actos del festival. Hoy sólo podéis ver una película, a las 18:00. La sangre se me heló en las venas. J.
M.: - ¿Cómo dices? ¿Sólo una? - ¿Para
eso habíamos venido hasta aquí? No era justo. Salimos un poco hundidos. Todas esas molestias para ver una sola película. Por lo menos sería interesante, ¿no? Raquel:
- Es una cosa que se llama DET OKAÄNDA (The Unknow). Y efectivamente, resultó ser una película de terror sueca, según supimos cuando nos presentaron al director, Michael Hjort, un hombre rollizo y calvo con un innegable mal gusto para vestir, que habló unas palabras en catalán para solaza del auditorio. Según explicó, la película tiene similitudes con la famosa El proyecto de la Bruja de Blair. A saber: grupo de chicos se internan en el bosque por un proyecto científico y se topan con una criatura que les acosa durante siete días. Rodada en vídeo digital y cámara al hombro. Cualquier otro parecido es pura coincidencia. (Por si no lo habéis notado, esto pretendía ser sarcástico.) Yo me temía, tratándose de una película sueca y rodada cámara al hombro, que fuera un film Dogma. Pero no, se permitían usar efectos especiales (pocos y cutres, eso sí) y era declaradamente fantástico, en vez de la pretendida naturalidad del Dogma. En realidad era más bien como si Alien la hubiera filmado Ingmar Bergman, y los tripulantes de la Nostromo, en vez de hablar de sus condiciones laborales, hablaran de sus relaciones de pareja. En fin, al señor Hjort le recomendaría que para su próxima película se comprara un trípode. Y que si va a seguir el estilo Bergman, por lo menos lo haga bien y añada un poco de sexo y pimienta. Tras aquella triste experiencia se suponía que se había acabado nuestro cometido como reporteros en Sitges. Pero aún se proyectaban dos películas más, para el público con entrada, y estas eran BATORU ROWAIARU (BATTLE ROYALE), y La maldición del Escorpión de Jade, la última película de Woody Allen. A mi Woody Allen no me parece un genio y muchas de sus películas no me parecen más que entretenidas y otras francamente aburridas, especialmente las de los últimos años. Pero cosas como Zelig, Bananas y Todo lo que siempre quiso saber del sexo y nunca se atrevió a preguntar... son absolutamente inexcusables. A la señorita M. también le parecía mucho más interesante que la que acabábamos de ver... , y empezaba en pocos minutos. Si tan solo tuviéramos entradas. Pero ya debían estar agotadas y la gente empezaba a entrar en la sala. Entonces, en un arranque de osadía decidimos saltarnos las reglas. ¡Nos colaríamos! Nos acercamos por un acceso lateral en el que sólo había un vigilante jurado y ningún miembro de la organización. Nuestras acreditaciones y la resolución con que nos dirigimos hacia él le descolocaron. J.
M. de la Torre: - ¡Hola! ¿Es ahora la proyección de la
de Woody Allen? ¿Empieza ya, no? Y resultó que a menos de dos metros había un hombre de la organización intentando convencer a un hombre con acreditación de que no podía pasar a esa proyección. El hombre, muy excitado preguntaba en voz alta y con toda la indignación que era capaz de demostrar: "- Y esa, porque ella entra y yo no.". "- Porque ella es del jurado.", le contestaba el de la organización. "- ¿Cómo se llama usted? Que se va a enterar de quién soy yo.", respondía el incursor mientras marcaba en su teléfono móvil. Viendo el panorama, tragué saliva y le pregunté al vigilante: J.
M.: - Ahora está muy ocupado. ¿No hay otro? Y le hice una seña a Raquel para alejarnos de aquel individuo de la organización antes de que se desembarazara del "usted no sabe quién soy yo" y se fijara en nosotros. En la puerta de acceso a la sala de proyecciones había una chica de la organización rompiendo entradas a la gente que iba llenando la sala. Repetimos la jugada del vigilante. J.
M. de la Torre: - ¡Hola! ¿Es ahora la proyección de la
de Woody Allen? ¿Empieza ya, no? Así J. M., no la dejes tiempo para pensar. J.
M.: - ¿Que quién la presenta? Así es, J. M., un golpe magistral. Y no dejes de sonreír. Chica
de las entradas: (sonriendo) - No. Las butacas son numeradas... Yo, si
acaso sólo os puedo dejar por aquí hasta que cierren las
puertas y si queda alguna libre... Entonces sonó el timbre para dar la orden de cerrar las puertas y que resultó estar sobre nuestras cabezas, con lo que nos reventó los tímpanos. Pero habían cerrado y apagado las luces y seguíamos dentro. Amparados en la oscuridad, empezamos a vagar entre los pasillos a la búsqueda de algún asiento libre. Encontramos dos en una sección lateral de la sala a la izquierda de la pantalla. Yo tropecé con un individuo al que no vi y de resultas de lo cual casi me caigo encima de él. Pero es que Raquel se apoyó en la cabeza de otro individuo mientras se sentaba. Es un milagro que no nos echasen entonces. Comenzó la proyección y no nos podíamos creer la suerte que habíamos tenido. En eso, al poco de empezada la película vi a dos personas que detrás nuestro buscaban su asiento. J.
M.: - No te muevas. Me parece que les hemos quitado su asiento a esos
de ahí atrás. Por fortuna, aquellos dos individuos se alejaron y debieron encontrar otros asientos. O no. La verdad es que colarse mereció la pena, porque La maldición del Escorpión de Jade resultó ser la mejor película que pudimos ver en el festival. Woody Allen estaba sencillamente genial en su papel de Phillip Marlowe venido a menos y amenazado por una experta en eficiencia, interpretada por Helen Hunt, que le cree un dinosaurio camino de la extinción. La película recrea unos años 40 espléndidos, que a Allen le hubiera encantado vivir y que siempre quedan de fábula en la gran pantalla, con sus mujeres fatales a lo Verónica Lake (gran caracterización de Charlize Theron), y esos malos de opereta, sacados de un cómic de Terry y los Piratas, como el hipnotizador del Bronx cuyo amuleto da título a la película. En serio. Id a verla en cuanto podáis. Aunque sea pagando la entrada. A la salida de la proyección, muy satisfechos, tanto por la película como por nuestra travesura y osadía, nos topamos con nuestro colega el señor Pamundi. Se dirigía a la proyección de BATORU ROWAIARU, película japonesa que propone una solución bastante bestia a los problemas de superpoblación y violencia estudiantil. Pero esto ya lo contará el señor Txema Pamundi y su Yeti en su columna. La
señorita M. y yo decidimos repetir la experiencia y solicitar acreditaciones
temporales para dos días más, el miércoles y el jueves.
Pero eso ya es otra historia. |