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Información
libre
por Quim Gil |
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(Recuperación de un texto publicado a principios del 2000 en el contexto del extinto proyecto Interactors) ¿Qué somos? Podemos dudar sobre las bases de nuestra existencia en el mundo que pisamos, el que no ha sido creado por nosotros. En cambio, es sencillo saber qué somos en el ciberespacio, el mundo que sí hemos creado. Somos información. Eres información para todas las personas que se relacionan contigo en la red. Eres una cadena de letras para los que leen tus mensajes. Eres un mosaico de colores para los que observan tus imágenes. Eres una suma de ondas para los que escuchan tu voz. Todas las sensaciones que transmites son información, porciones minúsculas de energía que saltan de un soporte a otro hasta impactar en otras consciencias. Y a la inversa, el mundo exterior llega hasta ti en forma de información. Por lo que tu libertad viene determinada por el grado de libertad de la información que transmites, recibes y gestionas. Pero hay más. En el mundo clásico la libertad de acción se encuadra en un espacio físico determinado. Podemos sentirnos libres si nuestro ámbito de acción reúne unas condiciones de libertad. Aunque en las antípodas o en la vuelta de la esquina la libertad de otras personas sea suprimida. Pero en el ciberespacio el espacio físico no existe. Cualquier rincón de la red pertenece potencialmente a tu ámbito de acción. Por lo que tu libertad viene determinada también por el grado de libertad de toda la información existente en el ciberespacio. Por cuestiones éticas consideramos la libertad de información como un derecho intrínseco a la condición humana. Pero con frecuencia los mismos valores éticos sirven para argumentar la imposición de límites a la libertad de información. Y de ahí los debates sobre la libertad de información, la propiedad de la información y la confidencialidad de la información. Todo proyecto se nutre de información, gestiona información y produce información. Por lo tanto, estos debates afectan de lleno la esencia de Interactors. Vale la pena, pues, reflexionar un poco. Detrás de toda limitación de libertad acostumbra a haber una colisión de valores. Los valores del limitador se imponen a los valores del limitado. El mayor peso de los debates se suele centrar en este punto. Debates entre censuradores y censurados, entre propietarios y piratas, entre reservados y aperturistas. Pocas veces las partes llegan a acuerdos de consenso. Pero a la hora de limitar libertades apelando a la ética hay que considerar también otras cuestiones:
No podremos presumir de nuestra ética de nuestra razón práctica si a la hora de imponer o consentir limitaciones no hemos llegado a conclusiones prácticas sobre estas cuestiones. Las limitaciones de información en el mundo que pisamos casi siempre se han articulado entorno a dos ejes: la libertad del emisor y la distribución del mensaje. Y estos dos ejes se sustentan a la vez en una misma base: el espacio físico, una vez más. Así, limitar la información puede equivaler a encarcelar personas, alejarlas de los instrumentos de difusión, alejarlas de su audiencia, secuestrar ediciones, parar rotativas, desconectar emisoras, etc. La limitación máxima de información es capturar el emisor de dicha información y extirparlo del espacio físico: matarlo. Antes hemos recordado que en el ciberespacio no existe tal dimensión de espacio. Y por esto mismo los intentos de limitación de la información a la vieja usanza acostumbran a resultar banales. Posiblemente en un futuro nada lejano lo serán aún más. Emisor y mensaje aún guardan una cierta relación orgánica. Cazando al emisor aún se puede cazar la información. Pero ya tenemos ejemplos de cazas en las redes digitales en las que el emisor es capturado pero en cambio el mensaje se multiplica, se distribuye y redistribuye. Y estamos a pocos pasos de construir estructuras muy simples de información con una inteligencia artificial mínima, pero suficiente para disponer de un simulacro de instinto de supervivencia. Módulos de información que en caso de agresión se multipliquen, se esparzan y muten como virus elementales. Módulos de información que ya no dependan directamente de su emisor o de distribuidores humanos. Es posible que dentro de poco los sistemas clásicos de limitación de información sean inútiles o incluso contraproducentes. Seguramente continuaremos alejando de nuestras vidas esas informaciones que no nos plazcan, pero es probable que no lo hagamos por activa (limitándolas) sino por pasiva (ignorándolas). Al fin y al cabo el ciberespacio, a diferencia del espacio terráqueo, es ilimitadamente flexible y extenso. Podemos decidir a quién colocamos en nuestras antípodas. Y si aun ignorándolos continúan irrumpiendo en nuestra vida posiblemente haya otros problemas de fondo a resolver, más allá de la propia información que generen. La propiedad de la información configura otra forma de limitación de la información. En vez de limitar la libertad de los emisores, la propiedad de la información se utiliza para limitar la libertad de los receptores de dicha información. Ser propietario de información de un texto, de una imagen, de una canción, de un programa, etc comporta ciertos privilegios de utilización de esta información. En el mundo clásico el propietario de información cobra por el uso que otros hacen de ella. Y así pagamos por ver una película, por comprar un libro, por adquirir un sistema operativo, etc. Pero nos podemos preguntar de nuevo si en el medio digital los propietarios pueden limitar el uso de su información, si sirve de algo que lo intenten, si pueden cazar infractores. Una vez más nos topamos con el hecho de que lo que era válido en el mundo espacial no lo es en el ciberespacio. La capacidad de reproducción y transporte de información en el medio digital no es comparable a la del mundo que pisamos. Los costes de duplicación y distribución son ínfimos, y cada vez lo serán más. Las posibilidades de modificación de informaciones originales también se incrementan, con lo que el propio concepto de autoría es esquivado con facilidad. Combatir el robo con cerrojos puede resultar una tarea tan ardua como inútil. En cambio, una forma de evitar que te roben consiste en invitar a los interesados a que se sirvan ellos mismos. No te pueden robar lo que estás ofreciendo abiertamente. Es posible que en el mundo material esta estrategia a veces derive en la ruina, extremo sobre el que no discutiremos aquí. Pero hay motivos para pensar que la táctica funciona en el medio digital, como mínimo en un momento histórico como el actual:
Pero además de considerar el enriquecimiento personal, debemos considerar el impacto social de la distribución libre de información. Y no cabe duda alguna que las sociedades, la humanidad, se enriquece a medida que se incrementa su patrimonio informacional. La propia Internet es un buen ejemplo del rápido desarrollo que puede generar la información cuando está libre de limitaciones de propiedad. Otros ejemplos de información libre de propiedad podrían ser las técnicas de escritura, las matemáticas, la filosofía o la arquitectura. Dibujar el alcance de la información De la combinación entre la libertad de información y la propiedad de la información surge un tercer ámbito de limitación de información: la confidencialidad. El derecho a difundir contra el derecho a no difundir. Este es posiblemente el ámbito más complejo de todos los tratados, aunque podemos desenmarañarlo un poco analizando los extremos:
Lo complejo es atinar en esas situaciones en las que deseamos difundir e intercambiar información sólo entre algun@s. Una idea inmadura, una palabra clave, un dato personal, una sorpresa... El manejo de esta información restringida pasa por un tipo de gestión en la que Interactors deberá emplearse a fondo: La gestión de la confianza
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