Menuda gilipollez

por Rex Luscus
 

 

Damas, caballeros:

Definitivamente, nos toman por bobos.

Como cada mañana, después de ingerir mi dosis de cafeína, dispensada amable y pulcramente por la camarera de la granja en la que desayuno habitualmente, me acerco a la no menos cortés máquina de tabaco y extraigo, a base de monedas, mi cajetilla con los veinte cilindros que me proporcionan otras tantas dosis de nicotina. Mientras vuelvo a mi mesa, me detengo en la barra y solicito una dosis de azúcar, lecitinas e hidratos de carbono en forma de "donut"; inmediatamente y con una sonrisa, mi petición es satisfecha y anotada en la cuenta de mi consumición. Cuando me dispongo a abrir mi paquete de tabaco, un llamativo aviso en la superficie del mismo frena en seco mis movimientos: Las Autoridades Sanitarias advierten: Fumar puede matar. Como por acto reflejo, le doy la vuelta al paquete: Las Autoridades Sanitarias advierten: Fumar puede ser causa de una muerte lenta y dolorosa. ¡Caramba!, me digo arqueando las cejas al tiempo que me asalta una incisiva duda. Termino de abrir el paquete y me enciendo un cigarrito para acompañar a mis barruntos. Cojo el donut y lo reviso meticulosamente; hago lo mismo con la servilleta de papel sobre la que reposa el rosco; después, el platillo. No pone nada. Aquí hay algo que no cuadra.

— Señorita, por favor —llamo levantando un dedo— Póngame un whisky.

La camarera no puede evitar mirar de reojo el reloj, considerando, tal vez, que no son horas. Pero sea cual sea su criterio sobre horarios para empinar el codo, pone ante mi un primoroso vaso alargado conteniendo una generosa dosis de licor con una concentración de cuarenta grados de alcohol. Sonríe y lo apunta a mi cuenta. Levanto el vaso, lo miro y lo remiro; empiezo a inquietarme; tiene que estar en algún sitio. Miro el posavasos; aquí tendría que poner algo del tipo: Las Autoridades Sanitarias advierten: Beber alcohol puede matar. Beber alcohol puede ser causa de una muerte lenta y dolorosa. Pues no, no lo pone.

Me acabo el cigarro. Me como el "donut", y, sin que sirva de precedente, me clavo el whisky. Pago mi cuenta —90 céntimos por la dosis de cafeína, 80 por la de azúcar y 3 euros por la de alcohol. Si añado los 2,30 del tabaco, he gastado 7 euros en dosis diversas y aún no he dicho "Buenos días"— y me lanzo a la calle dispuesto a confirmar o desmentir mis sospechas.

Me acerco hasta el concesionario de coches de la esquina, entro y me dirijo a uno de los vehículos expuestos. Lo recorro en su totalidad, escudriño su interior.

— ¿Puedo ayudarle? —quiere saber el comercial, todo sonrisa y frotar de manos.

— Sí, por favor... ¿Dónde lleva los cartelitos de Las Autoridades Sanitarias advierten: Conducir puede matar. Conducir puede ser causa de una muerte lenta y dolorosa.?

— Lo... lo siento, pero no sé a qué se refiere— me contesta el vendedor, que dilata la nariz en cuanto le llega el tufo a whisky.

No espero que lo comprenda y, con paso apresurado, salgo en busca de una farmacia.

— Deme una caja de aspirinas— Sin problemas. Sonrisa. Antes de que me la envuelva se la quito de las manos y reviso sus seis costados ya con cierto nerviosismo.... ¡Tiene que ponerlo!: Las Autoridades Sanitarias advierten: Consumir fármacos puede matar. Consumir fármacos puede ser causa de una muerte lenta y dolorosa. ¡¡No lo pone!!

Salgo de la farmacia casi corriendo y me acerco al cruce de la avenida. Busco desesperadamente el indicador en el que se avise, con letras bien grandes, Las Autoridades Sanitarias advierten: Cruzar la avenida puede matar. Cruzar la avenida puede ser causa de una muerte lenta y dolorosa. ¡¡Aarrrgh!! ¡¡¡No lo pone!!!

Claro que no lo pone. ¡Cómo lo va a poner! ¡Menuda gilipollez! , pensarán ustedes. Si es de sentido común, insistirán. Estoy de acuerdo. Saquen ustedes sus propias conclusiones.