|
|
Archivo/Artículos
|
| Ulises,
intelectual orgánico
por Umberto Eco |
| Traducción de María Teresa Meneses En una reciente mesa redonda, organizada con la finalidad de escuchar las opiniones de algunos estudiosos sobre diferentes problemas de nuestro tiempo, despotriqué contra algunas cuestiones. Los periódicos, obviamente, hablaron parcialmente de ellas. Alguien me pidió que precisara lo que quise decir. Este es el objetivo del presente artículo. Asistí a la mesa redonda temiendo que, como sucede muy a menudo, que una entidad política quisiera pedirle a algunos intelectuales de las ideas que dieran su opinión sobre cómo sacar adelante a este país. Ahora bien, no hay nada que me irrite más (pero que en el fondo no me haga sonreír cuando por fortuna no me lo piden a mí) que ver a los intelectuales utilizados como si fuesen un oráculo. Naturalmente, mi premisa era que, actualmente, por intelectual no se puede entender a cualquiera que, más que con el brazo, trabaje con la cabeza. También trabaja con la cabeza aquel que por medio de la computadora controla las reservaciones en un hotel mientras que un escultor trabaja con el brazo. Digamos entonces que por intelectual se entiende a aquel que desarrolla una función creativa, tanto en las ciencias como en las artes, y aquí también podemos incluir al agricultor que se le ha ocurrido una nueva idea sobre la rotación de los cultivos. En resumen, no es necesariamente un intelectual aquel que escribe de una manera correcta un buen manual de aritmética para las escuelas de educación media, pero puede serlo aquel que lo escribe adaptando criterios pedagógicos inéditos y más eficaces. Aclarado esto, la Grecia de los tiempos aqueos nos ofrece tres figuras de intelectual. La primera es Ulises que, por lo menos en La Ilíada, desarrolla las funciones de intelectual orgánico, según la vieja idea de los partidos de izquierda. Agamenón le pregunta cómo conquistar Troya; Ulises inventa la idea del caballo y -puesto que es orgánico a su grupo- no se preocupa del fin que tendrán los hijos de Priamo. Luego, como tantos intelectuales orgánicos que están en crisis y entran en una comuna con su gurú o se meten a trabajar para Mediaset, a él le da por la navegación y se pone a trabajar en sus asuntos. La segunda figura es la de Platón. No sólo tiene su idea de la función oracular del intelectual, sino piensa que los filósofos pueden enseñar a bien gobernar. El experimento con el tirano de Siracusa no ha sido feliz y siempre es necesario cuidarse de los filósofos que delinean modelos concretos de buen gobierno: si tuviéramos que vivir en la isla de Utopía, como la concebía Tomás Moro o en un falansterio de Fourier, nos encontraríamos más a disgusto que un moscovita en los tiempos de Stalin. La tercera figura es la de Aristóteles que, como es conocido, fue el preceptor de un hombre de gobierno como Alejandro. Por lo que sabemos, nunca le dio consejos precisos sobre lo que debería hacer en sus empresas, si deshacer el nudo gordiano o desposar a Rossana. En cambio, le enseñó en general lo que es la política, la ética, cómo funciona una tragedia, cuántos estómagos tienen los rumiantes. Pero, admitiendo que Alejandro le haya sacado provecho a todas estas enseñanzas, podía haberlas usado en su favor incluso si Aristóteles no hubiese sido su preceptor: bastaba con que un amigo le hubiese aconsejado que se leyera bien los libros de éste. Por esto, las maneras con las que la política puede valerse de la contribución de los intelectuales sólo son dos: si son intelectuales verdaderos, es decir, creativos, ya deberían haber expresado ideas interesantes, por lo tanto, el político podría limitarse a leerlas. Pero puede suceder que el político advierta que sobre ciertos argumentos ni él ni otros tienen ideas claras (no se sabe lo suficiente de ellos), entonces será un buen político si manda a realizar investigaciones nuevas sobre este argumento. Por otra parte, que el intelectual sea miembro de un partido político, y además trabaje en la oficina de prensa de éste, no tiene nada que ver con su papel específico: se trata de un ciudadano como cualquier otro que desea poner sus cualidades profesionales al servicio de su propio grupo, así como si fuese un albañil, trabajaría gratis en sus horas libres para restaurar la sede del partido. En un texto publicado por Il Corriere della Sera, muy amablemente Luciano Canfora me ha reprochado no haber citado a Sócrates. Tiene razón, yo tenía en mente una cuarta función del intelectual, y he hablado con mucha frecuencia de esto, pero ese día no tenía suficiente tiempo a disposición. Sócrates desarrolla su papel criticando la ciudad en la que vive y luego acepta haber sido condenado a muerte por enseñar a respetar las leyes. No sé si es un Sócrates o menos, pero el intelectual en el que pienso también tiene otro deber, admitiendo que pertenezca a un grupo: no debe hablar contra los enemigos de su grupo (para eso está la oficina de prensa), sino contra sus propios enemigos. Debe ser la conciencia crítica de su grupo. Estarles dando lata. En efecto, en los casos más radicales, cuando el grupo va al poder a través de una revolución, el intelectual incómodo es el primero en ser guillotinado o fusilado. No creo que todos los intelectuales deseen llegar a este punto, pero deben aceptar la idea de que el grupo al que han decidido de alguna manera pertenecer, no los quiere demasiado. Si los quiere demasiado o los mima, entonces son peores que los intelectuales orgánicos, son intelectuales de régimen.
|
|
|